ECONOMÍA
¿Plan Marshall para los países árabes?
El G-8 concede préstamos multimillonarios para ayudar a la «primavera árabe», pero su éxito dependerá de cómo sean distribuidos
Prospera el proyecto de un plan de ayuda internacional para las transiciones democráticas en los países árabes. Hay quien ya lo ha bautizado como «Plan Marshall II», pero por ahora se parece más a los programas de ayuda económica a los países del Este tras la caída del Muro de Berlín, aunque sólo fuese porque pretende recuperar el rol del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo, que jugó un papel fundamental en aquel proceso.
La idea, lanzada por Barack Obama en su discurso sobre Oriente Medio de la semana pasada, ha sido recogida por los líderes de las principales potencias económicas del mundo, en la cumbre del G-8 celebrada estos días en Deauville (Francia). Se pretende evitar un colapso de la economía en la región, cuyas perspectivas de crecimiento ya han pasado, según el Banco Mundial, del 5% a un 3,5%. Tan sólo Egipto ha perdido unos 11.000 millones de dólares desde el inicio de la revolución.
Aunque las cifras finales están todavía por concretar, los líderes del G-8 han acordado ofrecer préstamos de unos 40.000 millones de dólares, que, según el presidente francés Nicolás Sarkozy, incluirán también los paquetes de ayuda regional –por ejemplo, de la Comisión Europea, dentro de su «Política de Vecindad»- y los acuerdos bilaterales a los que llegue cada país. Estos pueden llegar a ser muy jugosos, dependiendo de quién sea el «mecenas»: EE.UU., por ejemplo, ya ha anunciado la cancelación de una deuda que ascendía a los 1.000 millones de dólares, así como una ayuda por la misma cantidad, para Egipto.
No obstante, esta cifra podría estar aún lejos de los 160.000 millones que, según un informe publicado por el FMI el pasado jueves, necesitarán los países árabes que no tengan petróleo durante los próximos tres años. Pero las economías occidentales, baqueteadas por la crisis, son reticentes a garantizar cantidades mayores. Por ello, otros países han corrido a llenar el hueco. Como Qatar, que ha propuesto a los petroestados árabes del Golfo la creación de un Banco de Desarrollo de Oriente Medio, que pueda financiar los procesos de transición, a imitación del Banco Europeo de Reconstrucción y Desarrollo (creado en 1991 para apoyar económicamente los procesos de cambio en Europa del Este tras el desplome del Telón de Acero).
Naturalmente, los préstamos tienen condiciones. Una política económica demasiado independiente es vista con malos ojos por Washington, cuya embajadora en Egipto, Margaret Scobey, ha declarado, por ejemplo, que «un regreso a las nacionalizaciones será un gran desincentivo para la inversión. La historia prueba que la privatización ha sido una manera sana y exitosa de ayudar a muchos países a transformarse en democracias».
Y aquí es donde empiezan los riesgos: muchos egipcios recuerdan que cuando Egipto inició su política de privatizaciones en los años 70, introducidas por el gobierno de Anuar El Sadat a instancias estadounidenses, los estándares de vida de millones de personas se desplomaron, produciendo además la primera oleada de huelgas revolucionarias en 1977. De esa época procede también la gigantesca deuda que ahora cancela EE.UU. ¿Una mala gestión?
Una ayuda necesaria
El factor económico, no hay que olvidarlo, ha sido una motivación fundamental para que los pueblos árabes se echasen a la calle. El periodista egipcio Jaled el Jamissi relata, en una de las historias de su libro «Taxi», escrito en 2007, la rabia desesperada de un taxista a quien un policía le había quitado su recaudación del día. El tunecino Mohamed El Buazizi se prendió fuego desesperado porque le habían requisado su carrito de frutas ilegal, encendiendo la revuelta. En Jordania, en Libia, he escuchado historias semejantes de rebeliones individuales para mejorar unas condiciones personales terribles.
«Si dejamos de apoyar a estos países, damos oxígeno a los extremistas que se nutren de las frustraciones y las aspiraciones de los jóvenes», dijo el viernes el primer ministro británico, David Cameron, durante el anuncio de la llamada «Asociación de Deauville». Pero sin una mínima redistribución de la riqueza, tampoco habrá estabilidad en el mundo árabe. Las revoluciones árabes han despertado muchas expectativas de progreso en la gente corriente: el éxito de los préstamos occidentales dependerá de si son capaces de cumplir algunas de ellas.
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