Los últimos de la mili
Pese a que la invasión de Ucrania ha devuelto la guerra a suelo europeo, ni expertos ni los últimos reclutas ven posible que España recupere un servicio militar obligatorio que derogó el Gobierno de José María Aznar en 2001
Alemania quiere legislar ya el servicio militar obligatorio antes de 2025
¿En qué países de Europa es obligatorio el servicio militar?

¿Podría España recuperar un servicio militar obligatorio? Si hacemos caso a lo que dicen los expertos y algunos de los últimos reclutas, no parece que sea probable. La invasión rusa de Ucrania y el conflicto en Oriente Próximo han hecho sonar los tambores de guerra en Europa y la defensa ha vuelto a la primera línea del debate político. Algunos países han dado el paso de ingresar en la OTAN tras una histórica neutralidad, como Suecia y Finlandia, y otros han puesto sobre la mesa la posibilidad de recuperar un periodo de instrucción militar obligatorio para sus jóvenes, como ha planteado en Alemania su ministro de Defensa, Boris Pistorius.
Esta es una opción que sin embargo queda lejos en España porque no hay un clima social ni político para ello, según coinciden los expertos consultados por ABC, ni parece que fuera muy efectivo para aumentar nuestra capacidad de defensa, según relatan algunos de los últimos reclutas españoles.
Antonio López fue parte de ese último reemplazo del año 2001 que aún fue llamado a filas antes de que entrara en vigor la derogación de la mili aprobada por el Gobierno de José María Aznar. Tenía 18 años y podía haberlo evitado como todos sus amigos pidiendo una prórroga, pero acababa de terminar un ciclo formativo de grado medio, su perspectiva era incorporarse a trabajar en el negocio familiar y su padre era un gran aficionado al mundo militar. «Se me juntó todo y allí me presenté», recuerda 23 años después.
Pasó los nueve meses de mili en El Goloso (Madrid) encuadrado en la sección de carros de combate, pero los vehículos blindados solo los vio de lejos. Cuando llegó le preguntaron si planeaba quedarse en el Ejército y, como dijo que no, le enviaron al almacén junto a otros dos compañeros que tampoco tenían previsto hacer carrera militar. En sus únicas maniobras, su destino fue la cocina. «Yo no había hecho unos macarrones en mi vida y allí aprendí a hacer macarrones para 700 personas», evoca. El fin de la mili había sido ya aprobado y todo el mundo estaba más centrado en preparar las bases para la transición a un Ejército cien por cien profesional que en formar a los nuevos reclutas.

Lo que Antonio tiene claro es que no salió de allí preparado para ser soldado, igual que Jesús Mayo, quien cumplió el servicio militar solo dos años antes, entre mayo de 1998 y febrero de 1999. «En absoluto», responde cuando se le pregunta si hubiera podido participar en un conflicto armado después de hacer la mili. Mayo tenía ya 27 años cuando llegó al Cuartel General del Ejército del Aire (hoy también del Espacio) y tras haber estudiado ingeniería aeronáutica.
Reconoce que asumió el alistamiento como un trámite que no podía seguir alargando tras haber agotado todas las prórrogas, pero más de dos décadas después no guarda mal recuerdo de la experiencia y la oportunidad con la que se encontró para relacionarse con personas de diferentes lugares y estratos, más allá de algunas formas excesivamente autoritarias que no lograba entender. Sin embargo, para su sorpresa, los autores de estas actitudes casi despóticas eran civiles y no militares de carrera, quienes mostraban mucho más respeto por los reclutas. Sus meses de mili pasaron entre despachos y poco barro, solo recuerda haber hecho un día prácticas de tiro, aunque sí reconoce que la experiencia puede ser útil para aprender a trabajar en equipo y fomentar el compañerismo.

Precisamente son los mismos valores que evoca Javier Pérez, también parte del grupo de últimos reclutas españoles. Natural de Pamplona, llegó al servicio militar con 24 años tras alguna prórroga y animado por su abuelo, pero reconoce que lo hizo «muerto de miedo» ante el desconocimiento a lo que se iba a encontrar. Tras todo lo imaginado, asegura que la realidad fue «más suave»; y eso pese a que él sí que participó en duras maniobras en unos Pirineos nevados en el pleno invierno. «Nos soltaron en un punto y teníamos que llegar a un refugio. Ese mismo día usé raquetas, piolets y crampones, y cargando con la radio que pesaba varios kilos». Esas fueron las primeras de un total de nueve maniobras, aunque el resto ya resultaron más suaves porque decidieron liberarle del esfuerzo físico más duro y encargarle labores logísticas. «No sé si no me vieron preparado», bromea.
La experiencia pirenaica no fue una sorpresa porque estaba encuadrado en el Regimiento de Infantería América 66, de cazadores de montaña, aunque reconoce que no estaba preparado para ello. No está seguro de si la formación fue útil militarmente, pero sí incide en algunos puntos que precisamente forman parte de los valores que llevan a gala las Fuerzas Armadas: el trabajo en equipo, el respeto o la jerarquía. «También me sirvió para ejercitar mucho la paciencia, algo que ahora me viene muy bien en la tienda donde trabajo», reconoce entre risas.

En España, las Fuerzas Armadas son una de las instituciones más valoradas por la sociedad, pero el porcentaje de ciudadanos dispuestos a arriesgar su vida por el país es muy escaso, según el último barómetro específico del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), del año 2017. La cercanía de la guerra de Ucrania ha podido variar algo este porcentaje, pero no en grandes cifras según coinciden los expertos. «El debate sobre una vuelta del servicio militar obligatorio tendría que ir precedido de una causalidad -explica Félix Arteaga, investigador principal del Real Instituto Elcano-. En los países nórdicos por ejemplo sí hay una percepción real de riesgo que no se da en España».
«El sistema aportaría números, cantidad pero no calidad»
Félix Arteaga
Investigador del Real Instituto Elcano
El sistema de reclutamiento, según continúa, es útil cuando los países necesitan elevar el número de efectivos en sus ejércitos, pero esa masa de personal solo sería necesaria en España si un día tuviera que enfrentarse a una invasión real de su territorio. «Antiguamente la mili servía para cubrir las necesidades de mano de obra no especializada», continúa Arteaga, algo que ha cambiado mucho con el paso de los años debido a la tecnificación del Ejército. «El sistema aportaría números, cantidad pero no calidad». Pese a que la invasión rusa ha devuelto a la actualidad la guerra clásica de trincheras, los conflictos del siglo XXI se preparan con exigencias técnicas imposibles de adquirir en una formación de nueve meses. «En la guerra moderna los reclutas serían más un problema que una ayuda», reconoce el investigador del Real Instituto Elcano.
Una idea similar comparte el teniente general Francisco Gan Pampols, ya retirado, que vivió desde dentro del Ejército la transición del reclutamiento a unas fuerzas armadas profesionales. Según explica, la mili tiene la ventaja de generar una amplia masa de personal instruido que puede permanecer en situación de reserva para volver a ser llamado a filas si es necesario, una posibilidad que no estaba en el imaginario colectivo hasta la guerra de Ucrania, en la que la cifra de bajas obliga a reponer personal en cantidades que ningún ejército europeo estaría en condiciones de aportar.
«Lo primero sería empezar a concienciar a la sociedad»
Francisco Gan Pampols
Teniente general retirado
Sin embargo, coincide en que las Fuerzas Armadas actuales usan sistemas muy complejos que exigen periodos de formación muy largos. «Habría que pasar de una mili de nueve meses a los 18 meses de reclutamiento, y eso no parece posible», acepta. A ello se suma la conciencia de defensa que reflejaba el sondeo del CIS. «Si uno no está dispuesto a luchar en caso de invasión, mucho menos a hacer el servicio militar obligatorio», explica el general Gan Pampols aludiendo a la objeción de conciencia, creciente en España hasta que la mili fue suprimida. Todo ello le lleva a augurar que no es un debate que se vaya a plantear próximamente en España, un país donde no hay una percepción real de riesgo. «Lo primero sería empezar a concienciar a la sociedad. Una parte formativa y, si consiguiéramos eso, igual sería posible».
En Europa, once países cuentan con diferentes modelos de servicio militar obligatorio. E incluso alguno, como Suecia, lo ha recuperado después de su derogación. En Alemania lo ha planteado su ministro de Defensa, pero la propuesta no está exenta de contestación social y debate político. El catedrático de la Universidad de Barcelona Francisco Gracia recuerda que los alemanes tienen mucho más cerca la guerra de Ucrania y también conservan «miedo» al concepto de poder soviético. «No hay que olvidar que la última invasión que sufrió España fue la francesa de 1808», subraya como justificación de la ausencia entre los ciudadanos de una sensación de «miedo al de fuera» y unidad nacional. A esto se suma que gobernaron después en España «dos dictaduras militares muy profundas», lo que cree que explica que exista aún un «retraimiento por parte de la población a lo que significan las Fuerzas Armadas», insiste Gracia, que acaba de publicar el libro 'Gobernar el caos', una «historia crítica» sobre el Ejército español, de la editorial Desperta Ferro.
«En España no existe una sensación de miedo al de fuera»
Francisco Gracia
Catedrático de la Universidad de Barcelona
El catedrático concluye así que la posibilidad de instaurar hoy en España un servicio militar obligatorio «carece de sentido» también debido a la tecnificación de los sistemas de armas, que exige mucho tiempo de formación. El reclutamiento solo serviría para engordar el tamaño de las unidades, pero «no tendría efectividad», cree. A su juicio, la única finalidad que podría tener ahora la mili sería para aumentar la cultura de defensa de la población y que los ciudadanos se sientan «partícipes» de la protección del Estado.
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