El fin de la revolución
Crítica de Ópera
Hector Parra estrena 'Orgia' en el Liceo, con dirección escénica de Calixto Bieito
Pasolini se vuelve ópera en el Liceo

En la última década, el compositor Héctor Parra se ha consolidado como uno de nuestros referentes más internacionales, especialmente en el terreno de la ópera. Este género, que algunos consideran decimonónico, cuando no moribundo, está viviendo un momento que en los años venideros ... se tendrá que analizar con detalle, ya que las creaciones que presenta gozan de excelente salud y hacen pensar con optimismo en el futuro.
Ópera
Orgia

- Música: H. Parra.
- Intérpretes: A. Stundytė, C. Miedl, J. Martínez. Orq. Del Liceo. C. Bieito, escena. P. Bleuse, director.
- Fecha: 11 de abril.
- Lugar: Gran Teatro del Liceo, Barcelona.
El estreno de 'Orgia' en el Gran Teatro del Liceo generó expectación y congregó a una nutrida representación de compositores en activo de varias generaciones. Ahí estuvieron Benet Casablancas, Raquel García-Tomás, Joan Magrané, Fabià Santcovski y Albert Guinovart, entre muchos otros. No es para menos, ya que el tándem Parra-Calixto Bieito, trabajando sobre un texto de Pasolini, presagiaba un momento para el recuerdo.
La música de Parra superó ampliamente las expectativas. El compositor ha demostrado estar en un excelente momento, con plenitud de fuerzas pero, al mismo tiempo, experiencia y sabiduría acumuladas. El reto de poner música a un autor que creía en el texto por encima de todo, pero que en el fondo hubiese querido ser músico, era mayúsculo. Fiel a ese estilo pasoliniano, Parra ha dibujado una vocalidad compleja, tanto para los intérpretes como para el público, que se acompaña de una instrumentación que nos clava directamente en la mente de los protagonistas.
Conviene aquí recordar la base del argumento: el suicidio de un hombre homosexual que no encaja con la sociedad que lo rodea, que está infelizmente casado con una mujer y que acaba colgándose travestido. Parra se incrusta en esa psicología torturada y no da un respiro al espectador en la hora y media que dura la pieza. Únicamente la aparición de una prostituta en escena es algo así como un remanso. Jone Martínez se luce en un personaje que parece ser el único que tiene claro cuál es su lugar en el mundo, lo que se traduce en una cierta belleza clásica de la partitura de sus escenas, que atrae la atención enmedio de la aridez doliente de la ópera. Christian Miedl encarna con absoluta solvencia al protagonista de la trama. Hora y media de sufrimiento que le exigen dar todo en lo vocal y en lo actoral. A su lado, Aušrinė Stundytė defiende con excelente resultado el personaje de la mujer que soporta toda la violencia del esposo.
La dirección musical de Pierre Bleuse merece el mayor de los encomios, así como el grupo de intérpretes de la orquesta del Liceo que conforman la plantilla reducida con la que ha trabajado Parra, y que sacan todo el jugo de una música magistral.
Con todo, algo falla en el conjunto del espectáculo, y probablemente no sea culpa de nadie, ni tan solo de Bieito y mucho menos de Pasolini. En las óperas de nueva creación, a pesar de lo dicho al inicio, hay un aspecto preocupante. Muchas de ellas adolecen de un excesivo estatismo, parecen recrearse en reflexiones que quizás deberían dejarse en manos del público. Es como si no se confiara en la solvencia del respetable para interpretar debidamente la trama y llevar el agua a su molino. En este dar todo mascado, perdemos vitalidad, impacto, conexión. Queremos dirigirnos a un público acostumbrado a las series de Netflix con una manera de hacer teatro que bebe de Brecht e Ionesco como si estos fueran vanguardistas, cuando sus planteamientos están más que amortizados. Para llevar un texto de Pasolini a la actualidad, no basta con hacer las cosas como las habría querido hacer Pasolini, porque en el último medio siglo ha cambiado todo tanto que es muy, muy fácil quedarse obsoleto a las primeras de cambio.
Y, lo que es todavía peor: el público ya no está dispuesto a dejarse escandalizar fácilmente. La ópera empieza con un hombre travestido colgado de una soga, convulsionando y orinándose. Más tarde, se trama matar a los niños y echar los cadáveres al río metidos en un saco. En época de Pasolini eso era conmovedor. Hoy, cuando sabemos la lacra que es el suicidio, cuando llevamos siete niños muertos por violencia vicaria en lo que va de año, cuando se nos parten las entrañas viendo lo que sucede en Palestina, esas imágenes no tienen el mismo valor que tenían en 1968, cuando Pasolini publicó 'Orgia' y en mayo se montó la revolución. Hoy la revolución, o al menos esa revolución, ha muerto. Hay que buscar otras maneras de impactar al público.
Quizás hoy la revolución es la ternura sana entre dos mujeres que, a pesar de todo, pudimos ver en la ópera 'Alexina B.', de Raquel García Tomás, hace un año, en el mismo escenario. En aquella ocasión, el equipo estaba formado por tres mujeres jóvenes, una especialista en música, otra en escribir textos y otra en llevarlos a escena. Trabajaron conjuntamente, entre ellas y con expertos del colectivo LGTBI, y en especial con personas intersex, como la protagonista de la obra. Referentes actuales y no de los años sesenta. Este mundo cambia demasiado rápido, y Pasolini hoy sabría interpelarnos de manera diferente de lo que hizo con 'Orgia'.
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