LA ALBERCA
El quite de Guiomar
El apoderado de Morante, Pedro Marques, y su madre merecen salir a saludar a los medios
La cabeza de Morante es un campo de batalla en el que se enfrentan la genialidad y el tormento. Por eso la saudade portuguesa y la ira del Atlántico reúnen el clima necesario para que el de La Puebla saque de sus adentros la mermelada ... que se hace en las clausuras con las naranjas amargas de Sevilla. El escritor Manuel de Melo dejó resuelto en el siglo XVII el concepto de saudade: «Bien que se padece y mal que se disfruta». El toreo. Por eso el maestro José Antonio soporta las embestidas de la tristeza frente a las olas de Nazaré, contemplando el desconocido océano medieval al que sólo fueron capaces de arrojarse los más valientes marineros de la historia: los que partieron para terminar de dibujar el mapa. Morante está trazando los nuevos caminos del toreo desde la soledad de un hombre abatido, frágil, pequeño. Titubea al intentar explicar a Jesús Bayort, que es el gran periodista taurino contemporáneo, los entresijos de su dolor. Busca las palabras en la profundidad de un abismo que sólo él conoce. Cuando bucea en sus pensamientos tarda en salir a la superficie. Y hay que saberlo esperar. Porque acaso el arte es exclusivamente eso: saber esperar. La histórica entrevista de Bayort al torero en su refugio portugués también se basa en eso, en saber esperar.
Mientras habla, Morante va rompiendo olas en la arena de una playa virgen que sólo él conoce. Y al fondo de toda la conversación nos ciega el brillo de la soledad. De la saudade. Otra vez el toreo. El hombre solo contra la bestia que le mata por dentro. Ayudado por una escueta cuadrilla de dos: Pedro Jorge Marques, apoderado y hermano, médico que le ha buscado la solución al maestro, y su madre, doña Guiomar, cronómetro del pastillero morantista, institutriz de la disciplina. Ella es quien hace que el exilio de Morante sea machadiano. A ella y a su hijo Pedro hay que sacarle los pañuelos blancos de la plaza la próxima vez que el torero escriba un poema sobre el ruedo. Porque ellos le han hecho el quite de su vida. Le han puesto el vuelo de su capote en los hocicos al toro más grande que jamás ha toreado el genio sevillano. Ellos han elevado a su alrededor, machadianamente, «unas tapias altas cerrando un espacio pequeño: pequeño tan sólo si se mira a tierra, pero ilimitado si se mira al cielo». Pedro y Guiomar han cubierto de hiedras esas tapias para que no se vea nada a través de ellas, le han puesto a Morante las nubes muy cerca y el cielo muy lejos. Y parece que el torero, como un heterónimo en Colliure, le hubiese escrito aquellos versos a ellos: «Todo a esta luz de abril se transparenta; / todo en el hoy de ayer, el Todavía / que en sus maduras horas / el tiempo canta y cuenta, / se funde en una sola melodía, / que es un coro de tardes y de auroras».
Si la saudade es, como dijo De Melo, un bien que se padece y un mal que se disfruta, el toreo de Morante será desde ahora un fado por seguiriya. Un hermoso sufrimiento que el maestro firmará eternamente con el último verso de Machado.
A ti, Guiomar, esta nostalgia mía.
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