La sorprendente reflexión de una psiquiatra infantil: «A veces los niños salen bien a pesar de los padres»
Abigail Huertas, médico experta en Infancia y adolescencia, acaba de publicar 'Solo necesito que me aceptes', editado por RBA
El consejo de la jefa de psiquiatría del Niño Jesús: «Nunca dejes de hablarte con tu hijo adolescente»
La implicación de la psiquiatra infantil y de la adolescencia Abigail Huertas con sus pequeños pacientes trasciende de lo habitual. Pregunta, repregunta, supervisa, insiste... hasta que da con la clave, muchas veces oculta o escondida para el resto. No en vano su campo de trabajo en la Sanidad Pública es el diagnóstico de complejidad en la salud mental infantojuvenil.
Ahora acaba de presentar su obra, 'Solo necesito que me aceptes', de la editorial RBA. En sus páginas no se habla de trastornos concretos, sino que, aclara Huertas, «es un libro de divulgación dirigido a la población en general, docentes, madres, padres con hijos o cualquier persona que tenga niños pequeños y quiera anticiparse a la adolescencia. Su lectura le confiere un plus de manejo ante situaciones complicadas o la presencia de algún tipo de malestar».
¿Se puede entender del título de su libro que la 'no' aceptación de los hijos es lo que provoca parte de sus problemas o complejidades?
Es una frase que viene a resumir lo que necesitan las personas adolescentes que sufren. Los jóvenes y los adolescentes necesitan sentirse mirados, importantes. Es una recomendación importante, independientemente de que tengan más o menos madurez, algún trastorno del desarrollo o algún que otro problema.
Frente a esa mirada, advierte que una de las peores cosas que les pueden pasar a los menores es que sientan que sus padres están cansados de ellos.
Esto pasa más a menudo de lo que debiera. El mundo actual hace que casi no estemos presentes en la crianza, a veces por necesidades laborales, por el ritmo de vida... Pero es bueno estar porque somos un espejo o un modelo en el que se pueden mirar. Y a los adultos nos permite darnos cuenta cuando hay algo que se aleja un poco de lo esperado. Facilita abrir oportunidades para hablar con ellos y que nos cuenten sus preocupaciones. En definitiva, conocerlos más. No puede ser que haya padres que no sepan cómo son sus hijos, qué cosas les gustan, o les desagradan... Es imperdonable porque quiere decir que no les hemos visto, ni mirado, que no hemos estado atentos a las cosas de las que disfrutan y de las que no.
Dedica esta obra a su padre, «que es la persona que más odié en la adolescencia», y a su madre, «que es la persona que más decepcioné». ¿Deberíamos hacer todos este ejercicio de mirar hacia atrás y ver cómo éramos nosotros de jóvenes?
No está mal echar esa vista atrás y ver cómo se lo hacíamos pasar a nuestros padres, con qué cosas sufríamos, o con qué cosas disfrutábamos. Quería invitar a la reflexión desde el principio. Recuerdo mi adolescencia como tormentosa, pero mis padres estaban aparentemente tranquilos y controlando la situación y creo que gracias a que no entraron en pánico, probablemente soy la persona sana que soy. Sin embargo, a mi hay familias que me dicen:«yo no era así». El autoconocimiento es muy importante y todos hemos sufrido, cada uno en nuestro estilo y eso explica los adultos que somos y cómo nos relacionamos con nuestros hijos. Hay familias que me han confesado que tras leer el libro se han reconciliado con su 'yo' adolescente y, además, han 'perdonado' a sus padres a sus madres. Sanar las heridas ayuda a enfrentarse a la crianza de la mejor manera posible.
De hecho, señala también que el ambiente en casa es crucial para una buena salud mental en esta etapa. ¿Qué parte es responsabilidad de los padres?
Me gusta que se haya empleado la palabra 'responsabilidad' y no 'culpa', porque nosotros como progenitores podemos asumir la parte de responsabilidad que nos corresponde en las cosas que nos pasan como familia, pero no sentirnos culpables. Hay multitud de factores que influyen en cómo uno expresa su malestar. Están la genética, el ambiente, la epigenética, las cosas que te pasan en la vida, los estímulos externos, las redes sociales, el acoso escolar... Pero en lo que respecta a los padres, hay muchos que no están bien y sufren porque no están fuertes para poder acompañar a sus hijos. A eso se añaden las exigencias y las expectativas tan altas que ponemos; «Todos los menores tienen que pasar un año en el extranjero, tener un título de inglés, practicar varios deportes y sacar buenas notas». Pues mire usted, no es necesario. A veces los niños, y esta reflexión la hago a menudo, salen bien a pesar de los padres.
En estos momentos, ¿qué es lo que más se está viendo en consulta?
En estos últimos años han aumentado exponencialmente las consultas en servicios de urgencias, incluso de psiquiatría infanto juvenil, por un sufrimiento importante en la infancia y en la adolescencia. Pero no aumentan ni la incidencia ni la presentación de las enfermedades mentales más graves. El índice de esquizofrenia se mantiene pero sin embargo aumentan los desórdenes de alimentación. Los trastornos de conducta alimentaria lo hacen influenciados por los modelos de belleza perfecta vistos en las redes sociales y cosas así. Aunque la enfermedad como tal, más o menos se ha mantenido, lo que aumenta es el sufrimiento emocional y la dificultad para gestionarlo.
En el libro se habla mucho también del deporte. La práctica de ejercicio, ¿se hace más relevante en la adolescencia?
Te ayuda a conocer gente que tiene unos valores, que se cuida… Porque si tú tienes un partido al día siguiente no puedes salir de borrachera, porque entonces no te levantas para ir al partido. Es verdad que en un equipo puedes conocer gente de todo tipo practicando deporte, pero te acerca más a la salud y sobre todo, te quita oportunidades de meterse en líos, de profundizar en el consumo de pantallas de manera abusiva. Porque si estás al aire libre o practicando deporte no estás sentado en el ordenador, te ayuda a prevenir la obesidad, te ayuda a un montón de cosas que tienen que ver con la salud física.
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Esto es muy motivador.
El objetivo de este libro es que las familias estén tranquilas y tengan algo de serenidad y tranquilidad, que consuele, que sea como una hoja de ruta para hacer las cosas bien. Es una especie de manual, que no habla de trastornos concretos, pero sí toca las distintas señales de alarma en las distintas etapas de la infancia. Pero no quiero que al leerlo nadie diga: «ya voy tarde». Nunca lo es. Jamás doy a un adolescente por perdido, llegue a consulta a la edad que llegue.
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