Arsuaga y Millás, ante el vertedero del futuro
Bajo una nube de pájaros y rodeados de basura, el escritor y el paleontólogo consersan sobre la vida y la muerte

El paisaje cambia en un instante, igual que la vida. Tomas un desvío en la carretera hacia Colmenar Viejo y miles de gaviotas te reciben a la vuelta de la curva, como si el mar, al fin, hubiera llegado a Madrid. Es una ilusión momentánea ... que se rompe con la peste de la basura y el ruido de los camiones, que no dejan de descargar más y más bolsas, para delicia de las aves. «Son como indigentes, tan lejos de la costa», dice Juan José Millás (Valencia, 1946) nada más bajar del coche. Luego levanta la vista, se sujeta el sombrero y declama: «¡Pero cómo sois capaces de hacer esto pudiendo vivir en el Cantábrico!». A su lado, Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954) sonríe y va señalando especies. «¡Mira, un milano real! Aún no he visto ninguno negro... Los buitres no han bajado porque no les gustan los hombres. Esperan a que se vayan las máquinas para comer». El cielo no para de moverse mientras habla. Es difícil no pensar en Hitchcock. «Tranquilos, las gaviotas solo atacan si te acercas al nido».
Arsuaga y Millás, pareja de hecho literaria desde hace unos años, paleontólogo uno y escritor el otro, tienen algo de niños compinchados en la travesura, aunque ellos aseguran que solo son dos viejos de vuelta de todo que se agarran a la ironía para no caer en la amargura. Así, riendo y compartiendo ocurrencias, se pasean por el Vertedero de Residuos Sólidos Urbanos de Colmenar Viejo, que es el nombre de esta grieta en la realidad: un lugar que desde lejos parece una pequeña elevación en el terreno, cubierta de verde, pero que por la otra cara, y por debajo, esconde todo aquello que ya no queremos: montones y montones de despojos.
—Juan Luis Arsuaga: Esto es una construcción, un edificio con una forma muy peculiar. Hay mucha tecnología aquí, tiene su ciencia: hay que diseñarlo para que no haya desprendimientos con las lluvias...
—Juan José Millás: Es un zigurat clásico, una pirámide escalonada. Pero lo curioso es que el zigurat, en muchas representaciones pictóricas, como la de Brueghel el Viejo, es la torre de Babel. La torre por la que se intenta llegar al cielo, a Dios. Así que esta es una torre de Babel de mierda con la que intentamos llegar a no sabemos muy bien dónde [a carcajadas].
—JLA: Se dice, aunque no es verdad, que la única construcción humana que se ve desde el espacio son las pirámides. Y esto es más ancho [y abre los brazos, como antes de un abrazo].
En este escenario apocalíptico, o solo triste («es antropoceno puro», coinciden los dos), el feliz matrimonio alumbró uno de los capítulos de ‘La muerte contada por un sapiens a un neandertal’ (Alfaguara), un libro escrito como una gran conversación sobre el fin de la vida, la vejez, el individuo, el planeta y tantas otras cosas: desde la inmortalidad del bogavante a la religión, desde el epicureísmo a la extraña longevidad de los pájaros... «Los pájaros viven mucho y no es porque tengan una vida apacible y no hagan esfuerzos, porque volar es un gran esfuerzo, mucho más que andar. A pesar de eso, viven mucho más que los mamíferos de un tamaño equivalente. Estas gaviotas todas viven más de diez años, mientras que un conejo de los que pueda ver por aquí miden como máximo tres años. O sea que aquí tenemos una cuestión de biología para resolver [en el libro lo revelan: ahí arriba hay menos depredadores; ese es el secreto, huir muy alto]. Pero sobre todo lo que nos interesaba era esta paradoja acerca de este mundo que hemos creado, en el que tan cerca de una gran ciudad podemos ver un espectáculo como este», explica el científico. «Esto además produce mucha controversia en los sitios donde está. Ningún pueblo quiere tener un vertedero cerca. Si te acercas a Colmenar y preguntas a los vecinos... Todos queremos tener las comodidades que produce la vida que llevamos, pero no sabemos qué hacer con los detritos ni con los muertos», apostilla el literato.

El diálogo pronto se suelta y echa a volar, hasta convertirse en algo impredecible: lanzas una pregunta y vuelve lo que sea. ¿Ocultamos la muerte igual que escondemos la basura?
—JJM: Sobre todo en las grandes ciudades. Tú puedes ir conduciendo por la M-30 y al lado ir un coche con un muerto y no te enteras. Podemos tener la seguridad de que hay varios pisos en Madrid con el cadáver de una persona sola que además estaba viendo Telecinco cuando murió.
—JLA: La sociedad en la que vivimos a cualquier cosa que sea problemática decimos que «vaya palo». Sin embargo, existe un interés…
—JJM: Es que hay curiosidad. Cuando aparece un buen libro sobre la muerte es un éxito.
—JLA: Un capítulo no escrito pero posible de este libro habría sido una visita al tanatorio de San Sebastián, porque, según cuenta la leyenda, y supongo que es cierto, tiene uno de los mejores restaurantes de España. Como inevitablemente las familias se reúnen, pues dentro de la filosofía vasca lo que procede es una buena comida.
—JJM: Es que eso está muy bien, porque es mezclar la vida con la muerte, no separarlas. En el tanatorio de la M-30, por ejemplo, me contaban que durante mucho tiempo la gente iba al bar a tomar la última copa los sábados por la noche. Y los de recepción me decían que llegaban muchos viajeros con sus maletas porque había un hotel cerca y se creían que era allí. Y claro, ese es un hotel, pero es para viajeros de otra clase. Para viajeros que van a la eternidad.
—JLA: No se puede vivir sin sentido. Yo, como todo epicúreo, hago mías las tres grandes preguntas de la filosofía vasca, que son las siguientes: quiénes somos, de dónde venimos y adónde vamos a ir comer.
—JJM: Eso está muy presente en el libro [otra carcajada].
Más que de la muerte, el libro reflexiona sobre la vejez. Arsuaga es también epicúreo en este aspecto: si la muerte es, él ya no es, así que se preocupa por el cuerpo, por la decrepitud, por el ahora. Por eso quiere la eterna juventud, no la inmortalidad. A Millás, en cambio, la eternidad le suena a domingo por la tarde para siempre, y le aterra. Además, insiste, ya lleva mucho tiempo aquí. «Mi generación se cree que viene del siglo XX, pero nosotros venimos del XIX. Hemos visto lavar a mano, hemos visto llegar la radio de transistores, hemos visto la llegada de la tele, hemos visto llegar una auténtica nevera eléctrica… ¡Es que nuestras neveras no fabricaban hielo!», exclama. Pero bueno, ¿qué es lo peor de la vejez?
—JJM: Las enfermedades crónicas, claro. Lo peor es cuando se acumulan todas esas enfermedades crónicas que han quedado fuera del radar de la selección natural, lo peor es cuando la medicina es capaz de mantenerte vivo pero en un estado calamitoso… La vejez es un invento de la cultura, puesto que en la naturaleza no hay vejez: solamente hay plenitud o muerte. La vejez es propia de los animales del zoo, de los animales domésticos y del ser humano.
—JLA: Nadie quiere la decrepitud y mucho menos la demencia, que se produce con mucha frecuencia a edades avanzadas, pero luego… ¿Dónde vamos a morir? ¿En qué circunstancias? Lo más probable es que muramos todos en una residencia, porque en muchas familias los hijos ni siquiera residen ya en la ciudad o en el país en que viven sus padres. Ahora, con la pandemia, el tema de residencias precisamente ha salido a la luz.
—JJM: Se ha visto ahora cómo eran.
—JLA: Y no es que lo piense mucho, pero a veces me pregunto cómo será mi vida en la residencia.
—JJM: Cuando hemos estado en parques naturales como el de Cabañeros, me hacía cierta gracia la denominación de parque natural: es una contradicción de los términos, porque si está protegido no es natural. Y entonces estaba pensando yo que las residencias de ancianos son parques naturales protegidos [y vuelta a reír].
—JLA: Realmente, este es un libro muy desesperado, escrito por dos viejos. Lo que pasa es que lo envolvemos en humor, pero en el fondo es el grito de desesperación ante la muerte, ante el dolor. En fin, es una búsqueda de respuestas ante un hecho cruel, ahora que nos hemos vuelto más mortales.

Millás está fascinado con la forma en la que se va tapando la mierda, como si el zigurat se cubriera con una alfombra verde, o como si le creciera el pelo: «Ya nos hemos acostumbrado al olor, pero huele que alimenta». Arsuaga sigue con los contrastes: mira un almendro en flor, y después el vertedero; señala una granja cercana, y después el vertedero… «Aquí al lado tenemos el cerro de San Pedro, y alrededor de Colmenar tenemos ecosistemas muy valiosos. Algunos de los buitres que vienen a comer aquí tienen su nido en el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama». No solo les preocupa su decrepitud, también la del planeta… ¿Estamos cerca del colapso?
—JJM: Hay un experimento que se hizo en un parque natural. Se dejó a los ciervos que se gestionaran solos en un parque donde no había depredadores, para ver si eran capaces de autorregularse. Y al final los ciervos acabaron con el paisaje y acabaron consigo mismos. Se autodestruyeron después de destruir el paisaje. Y de ahí la pregunta de si nosotros somos una especie capaz de autorregularnos o no. Esta es la gran pregunta. Sobre todo porque se percibe que tenemos una capacidad de autodestrucción brutal.
—JLA: Pero frente a eso tenemos que mostrar la posibilidad de una utopía. Podemos plantear un sueño, imaginar una humanidad que viva armoniosamente en un planeta maravilloso, coexistiendo y disfrutando de las demás especies… Al final muchos de los problemas de la conservación de la naturaleza tienen que ver con la justicia, con la distribución de la riqueza de los seres humanos. Eso es crucial: si no hay un equilibrio entre los seres humanos, no puede haber un equilibrio en el planeta. Por eso la posibilidad del sueño existe. No hay ningún motivo para que no sea posible. Es más, como científico puedo decir que no hay ninguna razón para pensar que necesariamente la humanidad esté condenada a la destrucción o a la miseria.
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