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EL PLACER ES MÍO

Precarización

Todo lo que el hombre actual proyecta como aspiración es deseo de precariedad, aunque no lo sepa

Miguel Ángel Robles

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¿Qué hay en común en todas esas tendencias sociales? El nomadismo y la exaltación del concepto de experiencia, que promueve una actitud vital desenraizada y proclive al cambio y al descubrimiento. Las relaciones abiertas, que trasladan al territorio sentimental este mismo espíritu aventurero y ... experimental. El beyourself, que nos conduce a una constante autoexploración y redefinición de nuestras motivaciones, a no dejar nunca de averiguarnos, hasta provocar la insatisfacción y el deseo de cambiar de vida. La apelación al gran propósito que justifique nuestra vida, que nos hace pensar que una existencia cotidiana, con sus responsabilidades y sus placeres, no es suficiente razón para seguir viviendo. El fomento del emprendimiento, con toda su retórica presta a hacer de la necesidad virtud y de cualquier crisis una ventana de oportunidad. El coliving y el coworking, como soluciones habitacionales que se alían con la indeterminación y la flexibilidad, con la facilidad de poder empezar de cero en cualquier momento. La pasión por las mascotas, que sacia el deseo de dedicación y cuidados fuera de nosotros mismos, pero sin vínculos incapacitantes, debajo de nosotros, que limiten la sed de movimiento y apertura. El olvido de las personas mayores, menos familia ya que los animales de compañía, que también nos descarga de obligaciones, derribando por arriba los obstáculos a la variación. La desvaloración del compromiso, que anticipa la ruptura y en cierto modo la provoca, porque la espera y la desea. El reemplazamiento de la duración por el coleccionismo de nuevos comienzos en casi todos los ámbitos de la vida: trabajo, amor e incluso aficiones. La depreciación de la voluntad, incapaz de sobreponerse a la tentación erótica de probar cosas nuevas y cortar raíces. La exaltación de lo disruptivo, con todo el desprecio que traslada hacia aquello a lo que tenemos apego precisamente por conocido y habitual. El anhelo de viajar y conocer mundo, que disuelve el afecto por lo cercano, volviéndolo insuficiente. El ocio y la amistad a través de las pantallas, que rebaja la intensidad de los lazos y hace indiferente dónde vivir y trabajar. Toda la cultura digital, que promueve una actitud espídica ante la vida: al mismo tiempo, expectante y deprimida, insatisfecha e insaciable. La mirada frívola, irónica y desencantada, que nos vuelve espectadores resignados y casi gozosos de nuestros fracasos. La expansión de la descreencia, en un sentido no ya religioso sino personal, como atmósfera blanda necesaria para el contorsionismo vital: esto soy, pero mañana puedo ser otra cosa, porque en nada me afirmo y nada en el fondo me importa.

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