EL ÁNGULO OSCURO

Nos gobierna una patulea choni

Así se constituyeron, en anteriores crepúsculos de la Historia, los «tribunales populares» y así se pretende ahora rendir a los jueces

El negocio del miedo

Trump y Napoleón

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Narración por un asistente de voz

No creo que haya persona, animal o cosa que provoque tanto aturdimiento (con la única excepción, tal vez, de un aspirador encendido) como una alocución de María Jesús Montero. El otro día, entre un insufrible fárrago de sandeces abracadabrantes, arremetió como un miura contra una ... sentencia judicial que ha absuelto a un futbolista famosillo. «Es una vergüenza –mugió– que todavía se cuestione el testimonio de una víctima y se diga que la presunción de inocencia está por delante del testimonio de las mujeres».

Antes que Montero, papisa indiscutida del chonismo, habían piado otras ministras y exministras, caracterizando la sentencia de marras de «justicia patriarcal». Resulta entre trágico y desternillante comprobar que estamos gobernados por chonis despepitadas y convencidas de que la misión de los jueces es creer a machamartillo a las mujeres que se presentan como víctimas. O sea, que los jueces deben ser personas de fe; lo cual no deja de tener su gracia chusca, en una época tan escéptica como la nuestra. La labor de los jueces no consistiría en establecer mediante método probatorio unos hechos, para determinar si son constitutivos de delito, sino en dar por sentados mediante un acto de fe unos hechos, para luego aplicarles el tipo penal que reclame la denunciante. Esta patulea choni exige el reconocimiento dogmático de la «inmaculada concepción de la mujer», que la vuelve un ser angelical incapaz de mentir. Y el reconocimiento de este dogma impone la abolición del principio «in dubio pro reo»: o, como prefieren los modernos, de la «presunción de inocencia», consagrada por todas esas constituciones y declaraciones de derechos humanos que tanto veneran.

No entiende esta patulea choni que una condena penal no se puede fundar en la palabra de una presunta víctima, sino en una valoración exhaustiva de las pruebas; y las pruebas, en el caso del futbolista famosillo, desmontan las declaraciones de la denunciante. Según esta patulea choni, debemos creer a la zienzia, si la zienzia nos dice que viene el apocalipsis climático; en cambio, no debemos creer a la ciencia que nos revela, mediante una prueba de ADN, que la denunciante ha hecho una felación; tampoco a la ciencia que nos enseña, mediante el análisis de huellas dactilares, que la denunciante no fue violada en la postura que ella sostiene. Todos los intentos de desvirtuar la justicia han seguido el mismo manual de instrucciones: se trata de auspiciar la anarquía por abajo, satisfaciendo los bajos instintos de la chusma (que, en este crepúsculo de la Historia, es chusma feministoide) para que pueda imponerse la arbitrariedad por arriba, según interesa a los demagogos. Así se constituyeron, en anteriores crepúsculos de la Historia, los «tribunales populares»; y así pretende ahora la patulea choni que no gobierna aterrorizar y rendir a los jueces, arrojando carnazas a un feminismo que ha apostatado de la razón y se devora saturnalmente a sí mismo.

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