Nir Oz, el kibutz de Israel donde Hamás perpetró una matanza de viejos 'hippies'
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En un primer estadio, el miedo genera algunas situaciones cómicas. Caminas por una calle residencial y algo oscura de Tel Aviv y un tipo cubierto con una capucha de una sudadera deposita en una puerta una bolsa, como. En ese momento, un soldado te adelanta, ... se da la vuelta una primera vez, te sorprende mirando la bolsa, se vuelve otra vez y otra. Entonces, le dices que miras esa bolsa porque la ha dejado un tipo y se ha ido y te dice que es costumbre dejar bolsas con ropa. Os reís los dos. Ese es el primer escalón del miedo: el que te hace parecer un majadero.
Y luego está el miedo de verdad. En el último peldaño de su atosigante escalera hay alguien encerrado, que jadea encerrado con su mujer en el refugio de su casa del kibutz Nir Oz. Aguanta el picaporte de la puerta. Al otro lado, hace fuerza un terrorista de Hamás que ha matado y torturado a los vecinos, y no puede sostener más el peso porque la puerta no tiene pestillo, o revienta la cerradura de un disparo de AK-47, y entonces, cede y esa es otra escala distinta del miedo.
A las seis y media de la mañana en Nir Oz, la muerte y el miedo tomaron posiciones entre las buganvillas y los jardines frente a los porches en los que los habitantes del kibutz habían plantado molinillos de viento hechos de botellas de plástico azul recicladas. Primero entraron cien en camionetas blancas, motos y un camión y empezaron a matar. Después, otros cien, y mataron más. Más tarde entraron los vecinos de los suburbios de Jan Yunis, y siguieron matando y saqueando. Se llevaron los tractores, las herramientas, la ropa interior de las mujeres. En las casas que no habían quemado, encendieron el microondas y se calentaron la comida de los tipos que acababan de asesinar.



Se sentaron en sus sofás, cambiaron Netflix al idioma árabe y se vieron unas series. Convirtieron el kibutz en una alegoría del espanto, ceniza y triciclos abandonados que permanece a día de hoy. Nir Oz, capital del horror junto al cercano festival de Nova, fue, de todos, el kibutz más castigado. Destruyeron un 30% de los edificios, unas 150 casas más equipamientos comunes. De las cuatrocientas personas que allí vivían, más de cien están muertas o secuestradas.
Inválidos, ancianos y discapacitados
Amid Roubin recorre las calles de este Disneyland del terror y narra lo que sucedió en cada una. En esta esquina filmaron a la madre de los niños Bibas siendo secuestrada con sus hijos de diez meses y cuatro años en brazos, los críos pelirrojos convertidos en icono de las víctimas. Esa es la casa de Remi, al que asesinaron dentro, y de Chana, su mujer de 75 años, a la que secuestraron, y era inválida. Esa es su silla de ruedas abandonada en la cocina que ha saltado en mil pedazos. Aquí vivía Braja Levinson, de 74 años. A las 6:50, escuchó disparos, los terroristas entraron en su casa, le arrancaron el teléfono, abrieron Facebook Live y la mataron en directo delante de sus amigos.



Aquí estaba Pamela Lan con su nieta discapacitada de nueve años. Quemaron la casa después de asesinarlas juntas en el refugio y entre las cenizas se reconoce la cuna, el tapete sobre el mueble y los zapatitos que se le quedaron pequeños a la niña hace años. A la abuela -fantaseo consternado-, le dio pena tirarlos. También se conserva el olor de los cuerpos y el suelo aún pegajoso por la sangre.
En su tiempo libre, muchos de los habitantes de Nir Oz, representantes de ese sur agricultor y colectivista tan de izquierdas que Netanyahu no hacía campaña allí, llevaban a enfermos oncológicos de Gaza a tratarse a los hospitales israelíes. Al reportero le cuesta encontrar en los asesinados el cliché tan español del israelí que disfruta maltratando de palestinos. En realidad, aquel día Hamás hizo una matanza de viejos hippies.
En su tiempo libre, muchos habitantes del kibutz llevaban a enfermos oncológicos de Gaza a tratarse a los hospitales israelíes
Han plantado flores
Uno se va haciendo pequeño de imaginarse en aquel pánico y en aquella sangre, y casi termina pidiendo la hora porque no puede más, porque no le cabe más horror en los ojos, y termina andando por allá como un autómata absorto por todo y a la vez por nada. Se fija, noqueado, en el pajarillo, en aquella buganvilla o en los gatos flacos y huérfanos que mendigan un mimo después de dos meses sin que nadie los acaricie. Uno cree entonces que ya no puede asimilar más terror, digo, pero hay más. En la guardería, rodeada de cunas vacías, la profesora intentó escapar y la mataron ahí -señala-. En las neveras de las cocinas guardaron como pudieron los cadáveres y el lugar guarda el recuerdo dulzón de la descomposición.



De entre la peste a muerte, emerge David y recuerda los tiempos en que, siendo un niño del kibutz hace 50 años, subían a un tractor e iban a la playa. Ahora quiere volver a vivir en Nir Oz y se ha planteado repoblar el lugar. «El mundo debe saber que esta tierra no será de nuevo un desierto. Ya hemos plantado flores».
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