Las desquiciadas locuras con las que el asesino más temible de la URSS quiso escapar del verdugo: «¡No me maten, voy a dar a luz!»
El proceso del año se extendió durante seis meses en los que Andréi Chikatilo protagonizó una incontable lista de locuras

La instantánea cruzó mares y océanos a través de la televisión. Y eso, a pesar de que las cadenas rusas se preocuparon por censurar los instantes más extravagantes. Andréi Chikatilo, considerado uno de los asesinos más crueles de la historia de la Unión Soviética, ... se levantó y se bajó los pantalones en pleno juicio. Con sus partes íntimas al aire, y desde el interior de una jaula que buscaba protegerle de los familiares del medio centenar de víctimas a las que había violado y matado, alzó la voz: «Fíjense qué inutilidad. ¿Qué creen que podía hacer con esto?». Fue la enésima extravagancia de un tipo que quiso escapar de la condena a muerte demostrando que estaba loco.
No lo consiguió. Chikatilo fue condenado a la pena capital el 14 de octubre de 1992. Hace un suspiro. El juez Akuzhánov lo corroboró así en la sala: «Al margen de cualquier circunstancia atenuante, y considerando la extraordinaria crueldad de los crímenes, este tribunal no puede por menos que condenarle al único castigo que merece. ¡Este tribunal lo condena a muerte!». Tuvo que repetir la sentencia una vez más, ante el silencio del acusado. Aunque pasó algún tiempo más en la cárcel –su mujer fue a visitarle en alguna que otra ocasión–, el asesino obtuvo el merecido que reclamaban los presentes. «¡Dándnoslo a nosotros para que podamos descuartizarlo cómo él hizo con nuestros hijos», se escuchó en la bancada popular.
Dolor, asesinato y locura
Los pormenores del juicio a Chikatilo, un sujeto que solo llegaba al éxtasis sexual mientras asesinaba a chiquillos y mujeres, quedaron escritos a fuego en los diarios de todo el mundo. El mismo ABC recopiló los sinsabores de un juicio que fue, a la par, extravagante y doloroso. Aunque quien mejor investigó los pormenores de este asesino –que mantuvo en jaque a la policía soviética durante doce años, entre 1978 y 1990– fue Richard Lourie en 'La caza del diablo'. Lo que está claro es que en unas y otras crónicas mostraron la cara más alocada del que fue llamado el 'Carnicero de Rostov' o el 'Destripador Rojo' por la prensa de la época. Que ahí es nada.
El juicio arrancó el 14 de abril de 1992. Y lo hizo entre gritos y desesperación por parte de los familiares de las víctimas. La entrada de la Sala número 5 del palacio de justicia de Rostov estaba flanqueada por grandes placas color escarlata en las que, todavía, se recordaba el valor del comunismo y la Unión Soviética. Chikatilo fue sacado de su celda poco después por agentes de las Fuerzas Interiores. Muchos de ellos no superaban la veintena y estaban entre repugnados y afligidos por aquel tipo de 57 años con la cabeza afeitada. El 'Carnicero de Rostov' acudió a la cita con su camiseta favorita: una blanca y rojo con los cinco aros olímpicos de Moscú 1980. No se la quitó durante los cinco meses de proceso.
Las primeras sesiones del juicio fueron las peores. En ellas, el juez se dedicó a leer cómo Chikatilo había asesinado a sus 56 víctimas. Las descripciones estremecieron a los familiares, pero también a los agentes presentes en la sala. Uno de ellos se desmayó y tuvo que ser atendido por un equipo médico desplazado hasta el tribunal. Tras una semana de deliberaciones, el 'Carnicero de Rostov' sorprendió a todos al confesar que él era había perpetrado casi todos los crímenes: «Soy culpable de todos los asesinatos, menos el primero». Es probable que hubiera llegado a algún tipo de pacto con las autoridades rusas. O, simplemente, quisiera acabar con el proceso con la mayor brevedad posible.
Pero todo dio un giro inesperado en pocas semanas. Al sentir el frío aliento de la Parca en la nuca, Chikatilo cambió de estrategia y empezó a protagonizar verdaderas extravagancias. En palabras de Lourie, lo más probable es que quisiera ser declarado loco para esquivar el fusil del verdugo. O, tal vez, ganar algo de tiempo antes de marcharse para siempre. Para empezar, acusó a los servicios secretos rusos de lanzarle extraños rayos mientras dormía en su celda. Al parecer, para volverle loco e impedirle dormir. Maldecía, gritaba al juez, insultaba a los presentes... Los psiquiatras, sin embargo, le examinaron y confirmaron que estaba cuerdo y que podía ser condenado.

Con el paso de los días, incluso pidió que el magistrado y el jurado se cambiaran, pues consideraba que era imposible disfrutar de un proceso justo: «Solicito un nuevo juicio. Este juicio ha violado mis derechos. El juez ya me considera culpable y lo ha dicho muchas veces. Y eso lo ha recogido la prensa... Creo que este tribunal ya ha llegado a la conclusión de que soy culpable y que ya ha decidido mi destino... Así que, por este motivo, no seguiré prestando testimonio». Amenazó con mantenerse en silencio hasta el final del proceso como represalia, pero no lo hizo. Pronto volvió a sus exabruptos habituales y a sus declaraciones dementes.
La primera escena de locura la protagonizó poco después de ser introducido en aquella jaula blanca que convirtió en famosa. El mismo día en el que se abrió el juicio, Chikatilo levantó una revista pornográfica entre sus manos. «¡Esto fue lo que acabó conmigo!», espetó. Tan solo acababa de empezar. Así lo desveló el cronista de 'The Times':
«Maldecía al juez y al secretario, negándose a guardar silencio. Luego comenzó a hacer demandas extrañas, insistiendo en que estaba embarazado, o que la organización nacionalista ucraniana Rukh le había encontrado un nuevo abogado. Un día se desnudó y agitó su camisa por encima de su cabeza, gritando: '¡Bajo este estandarte luché contra la mafia asiria!'».

Aunque lo que más sorprendió sorprendió a los presentes fue su obsesión por enseñar sus partes pudendas. En una ocasión, sin venir a cuento, se bajó los pantalones y, cuando los reporteros que seguían el juicio le miraron, dio un grito seco: «¡No soy homosexual!». Los soldados se lo llevaron de allí y se le prohibió volver a la sala durante varias jornadas. El día de su regreso no defraudó a los medios de comunicación. «¡Tengo leche en los pechos. Voy a dar a luz!», esgrimió. Aunque, con el paso del tiempo, entendió que aquellas tristes actuaciones no le salvarían y se tranquilizó un poco. Con todo, siguió babeando, poniendo los ojos en blanco y cantando sin razón alguna.
Doce años de muerte
El juez pudo demostrar que Chikatilo había acabado con la vida de 52 personas. Aunque se le atribuyen cuatro homicidios más. Él, por su parte, dijo haber asesinado a decenas de personas más. Lo que es seguro es que fue el 22 de diciembre cuando acabó con su primera víctima: Yelena Zakotnova. Aquel crimen tuvo algo de casual. Sintió impulsos sexuales y raptó a punta de cuchillo a una niña de 9 años que se llevó a una pequeña cabaña que había alquilado. Lo que ocurrió allí fue dantesco. A sus 42 años, trató de violar a la niña, pero le era imposible conseguir una erección.
Cuando vio la sangre se desató la locura. Una y otra vez, clavó el cuchillo a la pequeña, y solo se detuvo cuando tuvo un orgasmo debido al éxtasis al que le llevó el espeso y rojo líquido. En 1981, Chikatilo encontró trabajo funcionario de una fábrica. Aquel empleo implicaba que tenía que viajar constantemente, lo que le daba una coartada perfecta para seguir matando. Nuestro protagonista pudo aguantar el síndrome de abstinencia casi dos años más. Sin embargo, el 3 de septiembre de 1981 sintió la sed de sangre una vez más. Así, acabó con la vida de Larisa Tkachenko, de apenas 17 años. Durante la siguiente década repitió esta letanía una y otra vez.
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Con un perfil del asesino más bien somero (no querían levantar sospechas) el KGB comenzó una gigantesca labor para detener al culpable. Antes de encontrarle detuvieron a un millón y medio de personas; abrieron más de 5.845 fichas con antecedentes; se interrogó a más de 10.000 enfermos mentales; 419 homosexuales y a 163.000 conductores. La investigación continuó hasta 1990, cuando, al fin, fue descubierto con las manos en la masa por los servicios secretos tras acabar con la vida de Svetlana Korostik, de 22 años. El caso fue toda una vergüenza para el régimen de la URSS, pues su negativa a no creer en este tipo de criminales, y su pasividad, provocaron 21 fallecidos más y un descrédito increíble.
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