Las Palmeras: «La nueva generación del chiriguito»
Ahora en manos de la tercera generación, que representa Enrique, Las Palmeras afronta una renovada etapa. Manteniendo, desde luego, su esencia y su legado pero añadiendo elementos que elevan su propuesta
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Vengo diciendo en estas páginas, desde hace unos años, que se observa un creciente y esperanzador panorama cambiante en los merenderos, chiringuitos y restaurantes de playa tradicionales. Un creciente interés por hacer las cosas mejor y dar un salto adelante en la calidad. No sólo la de la materia prima y el cuidado de las técnicas de cocción –esencial y fundamental, obviamente– sino en la puesta al día y la recuperación del recetario marengo, en instalaciones, servicios, bodega… Desde luego que hay una mayoría anclada en clichés clásicos –muy respetables, por cierto, aunque en ocasiones merezcan un reproche porque su calidad, prestaciones y regularidad dejen que desear– y otros tantos que directamente se han pasado al «estilo ibicenco» de cócteles, fusión, música non-stop y facturas abultadas. Pero, a la estela de restaurantes como Los Marinos, Hermanos Alba o Chinchín Puerto y chiringuitos como El Saladero, Parador Playa u Oasis, van surgiendo cada vez más ejemplos de que hacer las cosas bien tiene su recompensa. En este grupo de cabeza ya podemos incluir, con todo merecimiento, a Las Palmeras, el restaurante que Enrique Murillo regenta junto a su familia en Pedregalejo.


Una historia que comenzó en 1980 cuando María y Bernardo, abuelos y fundadores, decidieron montar junto a sus hijos un restaurante en la Playa de Pedregalejo, después de años regentando una tienda de ultramarinos en La Malagueta y dos puestos en el Mercado de El Palo. Años de ebullición del turismo donde muchos forjamos nuestros recuerdos de aquellos merenderos míticos a pie del paseo. El olor a espetos, aquellas frituras de boquerones y chanquetes, los calamares las gambas y las cigalas, las conchas, algún guiso ocasional, los arroces de los domingos y los postres de Montero y de Lauri. Y allí lleva casi medio siglo, al final del barrio, lleva nuestro protagonista de hoy.

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Ahora en manos de la tercera generación, que representa Enrique, Las Palmeras afronta una renovada etapa. Manteniendo, desde luego, su esencia y su legado pero añadiendo elementos que elevan su propuesta y lo convierten en un destino tremendamente atractivo dentro de la creciente oferta gastronómica malagueña.
Basta con echar un vistazo a su vitrina, repleta de tesoros marinos, y a su carta, extensa, que abarca lo mejor de la cocina marenga malagueña. Me permito reproducir un fragmento que aparece escrito en su menú y me resulta significativo: «La Cocina Marenga es la cocina marinera tradicional de Málaga. Eso es lo que es y nada más. La que siempre fue y sigue siendo. Producto de copo y rebalaje – redes y arena – y de jábega y traíña, que los pescadores faenaban en sus litorales mediterráneos. Cocina nacida de manos de mujeres en cocinas de carbón de sus casamatas a pie de playa, piedra y arena».


Así, de su mano, desfilará por la mesa lo más grande de las lonjas locales. Prístinas conchas –búsanos, bolos y conchas finas al natural o coquinas y almejas pasadas por el fuego– y rotundos bigotes, desde la delicada y dulce quisquilla a la gamba blanca, reina de la bahía, y regias gambas rojas de Garrucha y carabineros de Huelva. Estos últimos excelsos si pasan por el espeto a pesar de la dificultad que entraña ajustar su punto de cocción.
A los mandos del fuego, la leña y la sal se encuentra Christian, maestro espetero, que clava en su barca desde unas humildes sardinas a un imperial rodaballo. Pero pocas piezas se escapan a su dominio: doradas, lubinas, pargos urtas, salmonetes y hasta patas de pulpo y calamares. Y, entre medias, esos guisos marineros que siempre le ganaron fama, empezando por esa icónica sopa de rape, densa y profunda, y siguiendo por la cazuela de fideos con pintarroja, el gazpachuelo o la sopa de marisco.

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La sobresaliente bodega merece una mención aparte, con una oferta ambiciosa – amplia y con referencias que denotan conocimiento e interés – que lo diferencia notablemente del resto de restaurantes de la zona. El servicio, desenfadado y cordial, acostumbrado a batallar y a trabajar con agobios, cumple de sobra. Y en ese difícil equilibrio que supone no perder la esencia de la ciudad y del barrio, el restaurante se articula en dos espacios: una sala algo más confortable – sin lujos – y formal y una terraza cubierta a pie de playa donde prima más la rapidez y la informalidad.
Siempre hay que aplaudir a los chiringuitos que renuevan y perfeccionan su oferta y que, además, procuran mantener su esencia. Las Palmeras pertenece a ese puñado de establecimientos de nueva generación en Málaga que empiezan a ver claro que la vía es el producto de calidad, los puntos de cocción ajustados y los guiños a un recetario tradicional que nunca debe perderse. Aquí se espeta con sabiduría, se fríe, se cuece y se asa a la plancha con moderación. Y, si a todo ello, le sumamos un servicio más que correcto y una bodega sobresaliente en plena playa de Pedregalejo, poco más nos queda por pedir. Un oasis en su género en la capital.

LAS PALMERAS
Valoración
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Cocina: 4
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Servicio: 3
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Ambiente: 3
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RECOMENDADO
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