sin punto y pelota
Reaccionar a la reacción
Europa podría reaccionar ante la reacción. Habría que empezar por conceder que los votantes de extremos tienen preocupaciones legítimas
Arcuri y el voto de Vox
La leche de los americanos
Me produce el mismo desasosiego haber visto a demócratas y a gentes de izquierdas incapaces de contestar qué es una mujer que ver ahora a republicanos negar que Rusia invadió Ucrania. El espectáculo del borreguismo y de la sumisión a una mentira del poder ... da vergüenza ajena. Por eso, aunque aplauda la decisión de Trump de prohibir a los trans en el deporte femenino, me gusta ver a la gobernadora de Maine, que se niega a aplicar ese decreto en su estado, decirle al presidente: «Nos vemos en los tribunales». Tribunales en la diana de la administración republicana, a tenor de los comentarios de esa mente privilegiada y descerebrada a la vez que es Elon Musk, al que estorban los jueces que no comulgan con su agenda. Mal cuando ocurre en España con los socialistas señalando a jueces fachas y mal cuando se hace desde la Casa Blanca.
Puedes defender el discurso de J. D. Vance en Múnich y criticar al nuevo 'sheriff' en la ciudad, expresión del vicepresidente para referirse a su jefe. Te pueden disgustar las maneras negociadoras del hombre que escribió 'El placer de los negocios' y, aun así, alegrarte de que su victoria haya sido una pedrada en las aguas estancadas de un 'establishment' que vivía del postureo moral. La ventaja de la antipolítica es que, al ir de cara, decepciona más rápido. Ahí estamos. Atrapados. Porque el malestar no significa que estemos encantados con una Von Der Layen deseosa de censurar, con una clase política incapaz de arreglar el acceso a la vivienda, con un discurso que se niega a ver por que muchos homosexuales están votando a opciones políticas antiinmigración musulmana, con unos burócratas que penalizan al currito del diésel para subvencionar al urbanita del chino eléctrico.
Europa podría reaccionar ante la reacción. Habría que empezar por conceder que los votantes de extremos tienen preocupaciones legítimas: la inmigración, la sensación de ser contribuyentes exprimidos, con servicios públicos que maltratan al que los paga, hipotecas que son una fantasía soñada para muchos jóvenes o la hartura de hablar de masculinidad tóxica, además de las cuotas de los autónomos con ansiolíticos. No, no están manipulados por un algoritmo.
Espantarnos sin más por los vídeos horteras y repugnantes de Trump sobre Gaza, con los 'cheerleaders' de la motosierra necesitados de un nuevo símbolo, no soluciona nada porque los problemas creados por los que ahora llaman a sus brazos contra el tecnofascismo siguen ahí. Hay tentación del «no era esto, no era esto» al ver al comandante en jefe dar una patada al tablero, pedir un negroni en la barra con cara de hastío y unirse a los que siempre dicen tener la razón. La alternativa en EE.UU. hubiera sido quedarse con los loros incapaces de responder a la pregunta sobre qué es una mujer y seguir viendo cómo se cavaban las trincheras de la ingeniería social. Allí, el remedio está siendo doloroso. En Europa, si quisieran los conservadores, podría pasar por admitir la enfermedad. Meloni, quizás. Que no se achanta y dice claramente lo que es una mujer y que Rusia invadió a Ucrania.
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