
Anatomía de una obsesión criminal: ABC reconstruye el asesinato de Isabel Carrasco
Triana llamó a su amiga policía para darle el revólver; la agente la esperó 15 minutos
Actualizado: GuardarTriana llamó a su amiga policía para darle el revólver; la agente la esperó 15 minutos
1234567Carrasco sale de casa
«Un momento, que soy la mujer del comisario de Astorga». Fueron las primeras palabras que pronunció Montserrat González, 59 años, tras ser retenida por la Policía Local de León, solo unos minutos después de ejecutar con absoluta frialdad a la presidenta de la Diputación, Isabel Carrasco. Sentada en el asiento del copiloto del flamante Mercedes de dos plazas plateado de su hija, mostraba una tranquilidad que helaba la sangre. Al momento apareció Triana Martínez, su hija. Sacó el móvil y llamó a su padre: «Papá, unos policías me están identificando...». No hubo tiempo de más. Las dos mujeres, bien vestidas, calmadas, estaban rodeadas de agentes y con las esposas puestas. Carrasco yacía a cinco minutos andando sobre un paso peatonal del río Bernesga. El padre, jefe la comisaría de Astorga, ignoraba que su vida acababa de saltar por los aires; tampoco la hija de la víctima.
El lunes se presentaba un día espléndido en la ciudad, donde la primavera invitaba al paseo. La hiperactiva Carrasco tenía como siempre una agenda muy cargada, con trabajo de despacho por la mañana en la Diputación, comida con su vicepresidente y un periodista en el mesón del céntrico Hotel Conde Luna y ya por la tarde, a las cinco y media, viaje a Valladolid con sus compañeros del Partido Popular para asistir al mitin de Mariano Rajoy.
El almuerzo estuvo salpicado de bromas y buena conversación. Pero no convenía alargarlo mucho porque se acercaba la hora de partir hacia la capital castellanoleonesa y la presidenta quería cambiarse de ropa. A pie, recorrió el trayecto hasta su casa, en el número 30 del paseo de la Condesa Sagasta, apenas un cuarto de hora.
Se cruzó dos veces con ella
Pasadas las cinco bajó de nuevo a la calle, acompañada por su pareja, pero en lugar de ir juntos a la sede del PP este subió a su moto, ya que tenía que hacer luego alguna gestión y enfiló por otra pasarela para vehículos. Carrasco cruzó la calle por el paso de peatones más proximo, caminó unos metros y llegó a una de las pasarelas peatonales que cruzan el Bernesga, la que desemboca casi delante de la sede de los populares en la ciudad.
Una mujer madura de mediana estatura, con un pañuelo azul anudado al cuello y que también le tapaba parte de la cara, la seguía a pocos pasos.
Disparo casi a cañón tocante
Isabel comenzó a subir la pequeña rampa de la pasarela. La desconocida aceleró y sin mediar palabra le descerrajó un primer disparo en la nuca, por la espalda. La víctima se desplomó sobre el suelo; la remató de otro tiro en la cabeza. Hizo dos disparos más pero uno de ellos falló, por lo que en el cuerpo había solo tres impactos. Pasaban unos minutos de las cinco de la tarde y comenzaba la semana más agitada y tensa de León.
La Condesa es una de las zonas de paseo clásicas de la ciudad. Los árboles junto al río, los columpios para los niños, y en la ribera del Bernesga zonas habilitadas para correr y montar en bicicleta. Los críos ya habían salido del colegio pero aún no habían acudido a jugar en grupos como cada tarde. Solo dos personas vieron la ejecución. Atravesaban la pasarela en sentido contrario. Acababan de cruzarse con Carrasco y con su asesina.
Intercambiaron una breve mirada, ella los rebasó y disparó. El primer tiro puso en guardia a un testigo de excepción, que se dio la vuelta y presenció la terrible e inolvidable escena. La mujer del pañuelo guardó su arma en el bolso y volvió sobre sus pasos. De nuevo cruzó su mirada con el testigo y apretó el ritmo. Pese a su dilatada carrera como policía nacional, el agente ya jubilado, que estuvo destinado en una de las comisarías de la provincia y que a esas horas paseaba junto a su mujer, nunca antes presenció la muerte en directo con esa cercanía.
«Deténganla ¡Va armada!»
La mujer del pañuelo atravesó la avenida de La Condesa y él no dudó en seguirla a corta distancia, a pesar de que sabía que iba armada, comprobado la extrema sangre fría con la que actuaba y sabedor de que ella también le había visto a él. Sacó su teléfono y llamó al 112, transmitiendo a la Sala la localización de la sospechosa en cada momento, su recorrido.
Tras cruzar la avenida, la mujer enfiló por la calle Lucas de Tuy, cogió la primera calle a la derecha, que es Colón y o bien allí, o en la plaza del mismo nombre, unos metros más adelante, le entregó a su hija Triana Martínez que la esperaba, un bolso de color negro con el arma. «Mamá me dio un bolso y me dijo que me deshiciera de él», fue lo único que admitiría Triana ante la Policía más de 24 horas después. Esa escena vital, de segundos, no la vio el policía jubilado, que estaba doblando la esquina, y pensó que la asesina aún la tenía en su poder.
A dos minutos, en la calle de Sampiro, una agente de la Policía Local estaba plantada en la acera, junto a su Volkswagen, charlando aparentemente distraída con un controlador de estacionamiento regulado. La realidad es que esperaba a una amiga: a Triana, pero nadie más que ellas lo sabían en esos momentos.
«La sospechosa camina hacia la Gran Vía de San Marcos. Atención, todas las unidades. La mujer está armada. Acaba de disparar. Repito. Va armada». Los equipos de transmisiones de la Policía Nacional y Local atronaban. Nadie sabía quién era, adónde se dirigía exactamente. La mujer siguió hasta llegar a la Gran Vía, donde había aparcado su coche en un chaflán justo delante de la puerta del edificio de los sindicatos. «¡Deténganla, que va armada!», gritó el testigo a una patrulla de la Policía Local que vio a pocos metros. «Cuidado, soy la mujer del comisario de Astorga», dijo sin inmutarse Montserrat González a los funcionarios que se abalanzaron hacia la puerta del copiloto.
Pocos minutos después llegaba a la zona Triana Martínez, su hija, que bajó por la Gran Vía de San Marcos, tras desprenderse del arma. Era el punto acordado para huir sin dejar rastro. La joven, 35 años, con el mismo cuajo que la madre, llamó a su padre, quien a 55 kilómetros estaba a punto de regresar a su despacho de la comisaría.
Detención
A ambas se las cacheó: ni rastro del arma. Otra preocupación para sumar al delicado caso. Montserrat González fue trasladada a la comisaría provincial, donde se negó a que se le hiciera la «prueba del disparo», sin éxito, porque la juez lo ordenó posteriormente. Triana Martínez fue conducida a la de San Andrés de Rabanedo. Imprescindible que no se vieran ni pudieran cruzar palabra.
En la avenida de La Condesa, unos agentes sujetaban sábanas blancas para impedir que se grabara el cadáver de la presidenta del PP leonés. Los expertos de Policía Científica recogieron muestras: ni un casquillo encontraron. La víctima fue identificada al instante como Isabel Carrasco, la todopoderosa presidenta de la Diputación. La conmoción era total en León. Su pareja fue de los primeros en llegar, incrédulo y roto de dolor.
Aún no había aterrizado la comisión judicial y ya había dos detenidas: la mujer y la hija del inspector jefe, Pablo Martínez, un profesional intachable y querido en la localidad –«es un buen paisano», dicen por allí– y apreciado por sus compañeros. Los agentes se miraban estupefactos: uno de los nuestros. Su familia.
No hubo espacio ni tiempo a la improvisación. Una de las primeras órdenes fue enviar a Astorga a dos mandos a toda velocidad. El jefe de la comisaría tenía que saber qué había pasado y tenía que dar explicaciones: cuántas armas poseía, dónde estaban y si podía arrojar luz sobre el crimen. Su vivienda formaba parte de las pesquisas fundamentales.
«Estoy a lo que me ordenen»
El inspector jefe, padre y marido de las detenidas, se ofreció a ir a León, pero se le explicó que no era conveniente. Fue su primera demostración de quién es policía antes que cualquier otra cosa. No solo lo entendió, sino que se puso a las órdenes de quienes dirigían la investigación. «Estoy a lo que me ordenen», dijo, destrozado, sin entender qué había ocurrido. Esa tarde terrible permaneció en su despacho, acompañado, cuidado y vigilado.
Declaró ante sus compañeros que solo tenía el arma reglamentaria y que no sabía nada. Ambas afirmaciones quedaron demostradas, aunque en las horas «calientes» de la investigación estuvo permanentemente acompañado por otros agentes. Fue una decisión dura, pero imprescindible.
Los responsables del caso comenzaron a trabajar. De las detenidas no esperaban mucho porque actuaban como si aquello no fuera con ellas. No estaban abatidas, ni siquiera aliviadas o altaneras. Ni un atisbo de inquietud o nerviosismo. Había, pues, que dejarlas «madurar» aprovechando las 72 horas disponibles para su puesta a disposición judicial. «¿Qué cómo era su actitud?. Como si decides comprar un coche. Lo eliges, lo buscas, lo encuentras, lo pagas y te olvidas».
Al no encontrarse el arma homicida, se tomaron varias decisiones inmediatas: movilizar a los agentes del subsuelo para que rastreasen las alcantarillas de la zona; llamar a los geos para que se buscara en el río, lo que obligaba a dragarlo, e inmovilizar todos los contenedores de basura de las calles en las que transcurrió la acción. Y ello a pesar de que se tenía la total convicción, por el testigo clave, que ninguna de esas opciones tenían demasiada verosimilitud, entre otras razones porque ese testigo –hay otro, aunque no presenció el crimen–, era de una gran calidad y precisión. Pero había que agotar todas las posibilidades, por lejanas que parecieran.
Paralelamente se avanzó en el posible móvil del asesinato. Era obvio que se trataba de una venganza, de un acto de odio, y se repasó la relación de las detenidas con Isabel Carrasco. Montserrat González, ama de casa, buena presencia, «lista como ella sola», según los que la han tratado, aspiraba a que el nombre de su hija estuviera presente en la ciudad: profesional y políticamente. Su PP, al que estaba afiliada, le abriría las puertas poco a poco. Su hija, además, no necesitaba enchufe gratuito. Ingeniera de Telecomunicaciones, con varios idiomas (inglés y alemán, entre ellos), brillante, trabajadora, sensible, encantadora, con buena presencia. A los 28 años fue en las listas populares de Astorga, en el número 7. Salieron seis concejales, pero pese a la renuncia de uno de ellos dos años después no llegó a ser nunca edil. La razón la sitúan muchos, entre ellos la madre, en una orden directa de Isabel Carrasco.
Nada en el partido ni en León se movía sin que ella lo autorizara. Y Triana había caído en desgracia. La mujer del «comisario» y la política tuvieron una relación estrecha; la hija la heredó. Triana trabajó como funcionaria interina en la Diputación. Los enemigos de Carrasco la acusaban de repartir prebendas a diestro y siniestro. El puesto de Triana salió a concurso y ella perdió, algo infrecuente en un interino. El ganador luego renunció a la plaza, pero la joven se quedó sin trabajo porque Carrasco personalmente amortizó ese puesto.
El comienzo de 2011 marcó la ruptura de relaciones entre las tres mujeres, un cruce de ostracismo profesional, político y personal, más allá de los rumores que siempre ventilan las calles, que determinó el principio de la venganza. «Decidí matar a Isabel hace dos años. Lo pensé varias veces», contó González a la Policía, sin asomo de arrepentimiento. Los investigadores están convencidos de que hubo un detonante en esas fechas, algo pasó que ninguno de las protagonistas ha contado y que Carrasco quizá conocía. La amistad se convirtió en odio larvado y este desembocó en un asesinato atroz.
Triana fue víctima de un declive laboral (aunque realizaba trabajos esporádicos en su especialidad) y político y de ahí derivó de cabeza en una decadencia personal. «Mi hija perdió 25 kilos por culpa de Isabel y tenía que tomar pastillas para dormir. La odio. Ella tenía la culpa de todo». Su madre no iba a permitir esa caída...
Entrega del arma homicida
Diez horas después del crimen la Policía puso patas arriba el ático de la calle Cruz Roja de León en el que vivían madre e hija. Tras un retraso por un problema burocrático, los agentes hallaron, de nuevo estupefactos, una pistola del 7,65 adquirida en el mercado negro, medio kilo de marihuana en una bolsa, pastillas de Trankimazín, informaciones de prensa sobre Isabel Carrasco y fotografías de la víctima, anotaciones de seguimientos... Se lo llevaron todo, incluidos los tres ordenadores portátiles de la chica y el abultado expediente judicial de sus cuitas con la Diputación, aún inconcluso. Pero ni rastro del arma del crimen. Allí averiguaron que tras varios pleitos la cantidad en liza que debía devolver Triana era de 6.500 euros (inicialmente eran 12.000), pero aún no se había dilucidado. El 14 de julio, tienen una cita en el Juzgado de lo Contencioso.
La mañana del martes transcurrió con una actividad frenética, con la búsqueda del arma como premisa. Se creía que era un revólver porque no se habían recogido casquillos. Las detenidas, mientras, seguían sin colaborar. Por la tarde, tras varias horas pendientes del agua del río, poco antes de que anocheciera, el caso dio un nuevo giro. Raquel Gago, policía local y amiga íntima de Triana, llamó a otro policía amigo suyo para decir que había encontrado detrás del asiento del copiloto de su coche una bandolera negra con un arma dentro, y que lo había «dejado» allí Triana la tarde del crimen.
Raquel Gago, compungida y deshecha en lágrimas, se presentó en comisaría con un revólver Taurus de 32 mm con la numeración borrada; admitió que era intimísima de Triana, pero negó cualquier relación con el crimen. Había estado a tres minutos andando del lugar donde se cometió y a otros tres o cuatro del punto en el que fueron detenidas su amiga y la madre de ésta, pero de forma casual. Según ella, de forma casual también, se encontró con Triana mientras charlaba con un controlador de la ORA al que la agente conocía. Triana se les acercó, los saludó y siguió su camino. Al día siguiente, cuando la policía estaba en su casa encontró un bolso negro en el suelo de su coche, tras el asiento del copiloto y al abrirlo descubrió el revólver.
Su versión, salpicada de lágrimas y arrepentimiento, hacía aguas por todos lados. Los investigadores decidieron detenerla. Demasiadas casualidades, exceso de azar, en un asesinato macerado hacía tiempo. El controlador de la ORA confirmó que estuvo hablando con Raquel Gago y que no vio que Triana le diera nada a su amiga. La agente local quedó en libertad, imputada, a la espera de que la juez tomara una decisión sobre las dos detenidas primero y, más tarde, sobre ella.
Las casualidades argumentadas por la policía local estaban desmontadas. Su teléfono móvil la sitúa en la calle Sampiro durante al menos 15 minutos, los minutos antes, durante y después del crimen. Las amigas no se cruzaron mensajes, pero Triana hizo una llamada perdida a Raquel supuestamente a la hora convenida. Demasiada casualidad. La policía aseguró que su coche estaba abierto (ella estaba al lado con el otro joven) y por eso pudieron colocar el bolso sin que lo viera. Se cree que, en realidad, se lo abrió ella misma de forma discreta con el mando a distancia del vehículo.
Confesión del crimen
Los teléfonos de las tres mujeres están posicionados en la zona, aunque está pendiente el tráfico de llamadas y mensajes completo, igual que la información de los correos electrónicos almacenada en sus ordenadores. El teléfono es una prueba. Y esta elimina el azar del encuentro. Igual que en el caso de Montserrat González, la presunta autora. No solo la vio con claridad matar y huir el policía, sino que el informe de Balística ha confirmado que fue ella quien empuñó el arma, quien tenía los restos en sus manos, según ha podido saber ABC.
González ha confesado con todo detalle. Ha salvado a su hija, pero lo cierto es que Triana la acompañó al lugar, la esperó, cogió el bolso con el arma y se deshizo de él. El material hallado en su casa tampoco deja mucho resquicio a la duda. La madre ha contado que compró las dos armas a un toxicómano en un bar de Gijón hace dos años. El chico, quizá también «camello» esporádico de la hija, falleció en enero del año pasado, según consta en la ficha policial. Pagaron 2.000 euros por cada arma, según explicó la madre. Los agentes creen más probable que a ese bar acudiera Triana en vez de la cincuentona Montserrat. Drogas y armas, un cóctel explosivo. Unido al odio, un cóctel mortal. El móvil no preocupa a los investigadores. Las calles de León murmuran el suyo.