Los primeros rayos X, para probarse un zapato o como un recuerdo de feria
Ciencia por serendipia
La curiosa historia de cómo se produjo el hallazgo que iluminó el interior y nos permitió ver los huesos
La historia del primer hombre que operó sin dolor

Echemos la vista atrás y vayámonos a 1895. Un prusiano de clase media se levantaba con el canto del gallo, se ponía el bigote lo más fino que pudiera permitirse y se preparaba para enfrentarse a los desafíos del día: la amenaza existencial de los ... socialistas, la terrible incertidumbre de si el Kaiser Guillermo II se pondría hoy un casco ridículo y, por supuesto, la constante angustia de si uno era lo suficientemente «prusiano».
Mientras esto sucedía un físico prusiano llamado Wilhelm Conrad Röntgen (1845-1923) estaba encerrado en su laboratorio investigando los rayos catódicos, flujos de electrones en tubos de vacío, algo bastante común en los experimentos de física de la época.
Röntgen cubrió el tubo con cartón negro para bloquear la luz visible emitida durante el experimento. A pesar de la cubierta de cartón observó que una pantalla cercana recubierta de platinocianuro de bario emitía una fluorescencia misteriosa. Este fenómeno era inexplicable, ya que la luz visible del tubo estaba bloqueada. Röntgen se dio cuenta de que debía haber algún tipo de radiación invisible que estaba penetrando el cartón y causando la fluorescencia. A esa radiación desconocida la bautizó como «rayos X».
La primera radiografía de la historia
Lo que siguió fue una maratón científica de cuarenta y nueve días. Röntgen prácticamente se mudó a su laboratorio, comiendo y durmiendo allí. Incluso dicen que no le contó a nadie sobre su descubrimiento durante semanas.
El momento «eureka» llegó cuando Röntgen convenció a su esposa Bertha para que colocara su mano sobre una placa fotográfica mientras él la exponía a estos misteriosos rayos. Cuando reveló la imagen, allí estaban los huesos de la mano de Bertha y su anillo de matrimonio, claramente visibles, como si la carne fuera transparente.
Aunque Röntgen pudo haber patentado su descubrimiento y hacerse inmensamente rico, decidió no hacerlo porque creía que «los descubrimientos pertenecen a la humanidad».
Un gesto noble, sin duda, aunque sus contadores probablemente lloraron por las noches.
La noticia del descubrimiento de Röntgen se extendió como la pólvora. De repente, la gente podía ver sus propios huesos, como si fueran fantasmas. La imaginación popular se disparó, y los rayos X se convirtieron en una especie de moda pasajera, un juguete científico para la era victoriana. Entre los primeros usos que se le dio al descubrimiento estaba medir los pies para zapatos en tiendas hasta producir «radiografías de recuerdo» en las ferias.
La radiografía de la emperatriz
Afortunadamente los médicos no tardaron en reconocer el potencial de los rayos X para el diagnóstico. Las fracturas, las enfermedades pulmonares y los cuerpos extraños podían verse con una claridad sin precedentes. Algunos médicos, en su entusiasmo, comenzaron a utilizar los rayos X para tratar una amplia gama de dolencias, desde el acné hasta la tuberculosis. La radiación se consideraba una especie de panacea, un remedio para todos los males.
Uno de los primeros y más curiosos casos fue el de la princesa Isabel de Baviera, también conocida como Sisi, la emperatriz de Austria. En 189, Sisi sufrió una caída durante un viaje y se sospechó que podría haberse fracturado una costilla. Como era una figura pública prominente, la noticia de su lesión causó revuelo en toda Europa.
Los médicos de la corte, ansiosos por utilizar la última tecnología médica, decidieron realizar una radiografía de la princesa. Imagine la escena: la emperatriz, famosa por su belleza y su figura esbelta, posando detrás de una pantalla de plomo mientras un técnico nervioso ajusta los controles de la máquina de rayos X.
La radiografía reveló que, afortunadamente, Sisi no tenía ninguna fractura. Sin embargo, la imagen de sus costillas y su columna vertebral causó sensación en la prensa. Los periódicos publicaron artículos detallados sobre la radiografía de la emperatriz, describiendo con entusiasmo la «maravilla de la ciencia» que permitía ver el interior del cuerpo humano.
El lado oscuro de la radiación
Los efectos secundarios de la radiación pronto se hicieron evidentes: quemaduras, caída del cabello y, en casos extremos, cáncer, comenzaron a aparecer en aquellos que fueron expuestos a dosis excesivas.
Los primeros en sufrir las consecuencias fueron, como suele ocurrir, los pioneros. Los radiólogos, los técnicos y los científicos que trabajaban con la nueva tecnología lo hacían sin protección alguna, exponiéndose a dosis masivas de radiación. Entre los afectados estuvo su descubridor. Wilhelm Röntgen murió en 1923 a consecuencia de un carcinoma intestinal, posiblemente relacionado con la exposición a la radiación. Lo que nos enseña que incluso los descubrimientos más brillantes pueden tener sus sombras.
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