La gesta con la que el tío de José Antonio Primo de Rivera salvó a miles de soldados españoles
Fernando, teniente coronel de caballería, evitó que los rifeños acosaran a una columna de heridos que se retiraba hacia Monte Arruit en 1921

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El 14 de noviembre de 1921 amaneció negro en la capital. No por un cielo encapotado –quizá también, pero es difícil saberlo un siglo después–, sino por la oscura sombra de la Parca. «A las nueve y cuarto de la mañana llegaron a Madrid los restos del teniente coronel Primo de Rivera en el expreso de Andalucía», se podía leer en la portada de ABC. Hacía un mes que el militar había muerto en el asedio de Monte Arruit por culpa de la gangrena, pero las cargas que había protagonizado con los jinetes del Alcántara para cubrir la retirada de sus compañeros hacia Melilla seguían muy vivas en la memoria. La suya fue otra de las muchas vidas que se cobró el Desastre de Annual.
Aquella jornada, ABC informó de forma pormenorizada del traslado de los restos: «Venían encerrados en un lujoso féretro negro con guarniciones de plata, sobre el cual se extendía una bandera con colores nacionales, y les daban guardia seis soldados supervivientes del escuadrón de Alcántara». El ataúd descansaba en el furgón de cola y no había viajado solo. «Desde Aranjuez acompañaban al cadáver el marqués de Estella y los generales Cavalcanti, Saro, Dabán y duque de Tetuán», explicaba el periódico. Entre los familiares que le recibieron en Madrid se hallaba un jovencísimo José Antonio Primo de Rivera, con menos de dos décadas de vida a sus espaldas. No fue el único. El diario, de hecho, llenó media página con los nombres, apellidos y cargos de los asistentes.

La muchedumbre recibió el cuerpo en la Estación del Mediodía, la actual Atocha. Debió ser estremecedor, según lo explicó ABC: «El Ejército tenía numerosísima representación de jefes y oficiales de todas las Armas y Cuerpos, así como de la Marina». Aunque aquello solo era el principio. Tras pisar la ciudad, el féretro del héroe del Alcántara fue trasladado a la capilla ardiente. Luego llegaron las misas, las coronas de flores, los llantos y las palabras de los sacerdotes. La gesta del teniente coronel había sido tan reconocida que hasta hubo representación internacional. «Entre las personas que asistieron al santo sacrificio figuraban el príncipe don Luis Fernando de Baviera y su hijo, el infante don Fernando», incidía el periódico. Todos ellos consolaron a su hijo.
Pero el momento culmen de toda aquella jornada se dio poco después, cuando un automóvil negro se abrió paso entre el jolgorio y de él salió una figura espigada y con bigotillo. «Llega Su Majestad el Rey, con uniforme de General de Caballería, y a los acordes de las bandas de música, que ejecutan la Marcha Real», escribía ABC. El monarca se acercó al féretro y, con voz solemne, hizo entrar al fallecido en la historia: «En nombre de la patria, y en cumplimiento de la ley, os hago caballero de San Fernando por vuestro heroico comportamiento militar». Acto seguido, dio un beso a la Cruz Laureada –aquella que, todavía hoy, solo reciben los mayores héroes de España por demostrar un valor distinguido– y la depositó sobre la fría madera.
Debacle en el Rif
Todos los honores eran pocos. Todas las muestras de afecto, necesarias. Fernando Primo de Rivera y Orbaneja tuvo el honor castrense de morir en combate y la fortuna de no verse envuelto, como otros tantos, en la Guerra Civil. Dejar este mundo una década antes le permitió escapar de su propio apellido y que España se centrara en sus gestas. Del Arma de Caballería desde que entró al Ejército de buen mozo, este oficial que ABC definió como de tez apuesta y mostacho característico fue uno de los muchos militares que participó en las operaciones iniciadas por el general Manuel Silvestre en 1921. Movimientos que buscaban extender las fronteras hacia el corazón del Rif y acabar por las bravas con Beni Urriaguel, el corazón de la revuelta nativa liderada por Abd el-Krim.
Como bien sabrá el lector gracias a que acabamos de dejar atrás el sonado centenario, la situación se tornó turbia el 22 de julio de 1921. Ese día, negro en nuestra historia peninsular, unos 20.000 rifeños asaltaron por sorpresa el campamento de Annual, ubicado en la extrema vanguardia de las líneas rojigualdas. Con ellos se desató la tormenta. El Ejército no estaba preparado para resistir aquel alud de enemigos y cayeron soldados a miles. Fue un infierno. El general Silvestre se quitó la vida con su revólver para escapar de la locura y comenzó una huida masiva hacia Melilla en la que solo primaba salvar la vida.

En medio de la vorágine se organizó una gigantesca columna dirigida por el general Navarro, encargado de la retirada. Una jornada después, el 23 de julio, el objetivo de la misma era arribar como mínimo hasta la seguridad de Batel –a 19 kilómetros de Dar Drius– para continuar camino hacia Melilla. Sin embargo, para entonces la noticia del repliegue motivó a los rifeños a cargarse de balas y salir a hostigar a los heridos españoles. Con estos mimbres el desastre estaba garantizado. Y así ocurrió.
La tragedia esperaba a la columna a la altura de Chaif, mucho antes de Batel. Nada más llegar a la posición, el grupo de Navarro se vio obligado a enfrentarse a cientos de tiradores rifeños bien apostados. La situación era desesperada, así que el oficial ordenó al Regimiento de Cazadores de Alcántara 14º proteger la retirada a toda costa. Al mando de sus escuadrones estaba Primo de Rivera.
El 9 de agosto, ABC informó de los primeros movimientos de nuestro protagonista: «Era este uno de los jefes más jóvenes del Arma de Caballería, al contar solo 42 años. Mandaba ahora tres escuadrones del Alcántara. Al ocurrir el desastre se vio aislado y, poniéndose al frente de sus jinetes, dio una tremenda carga, logrando ponerse en comunicación con la columna de Navarro». Tras enlazar con el oficial protegió la evacuación de las tropas españolas en Chaif. «Como las fuerzas de dicha posición se veían imposibilitadas para seguir su camino a Dar Drius, a pesar del durísimo combate que entablaron con el enemigo que quería rodearlas, el teniente coronel debió actuar», explicaba el diario en otro artículo, este de 1923.
Desastre anunciado
Según el juicio contradictorio por el que se le entregó la Cruz Laureada de San Fernando póstuma, aquella jornada Primo de Rivera se hallaba al frente del segundo escuadrón del Alcántara, además de dos secciones del cuarto y una del primero. «En total, 192 jinetes», incidió ABC. ¿Qué hacer para evitar la muerte de sus compañeros? El teniente coronel lo tuvo claro. «Salió al encuentro de aquellas fuerzas y, sin medir lo numeroso del enemigo, que al mismo tiempo que trataba de envolver la columna en retirada atacó también con gran brío a la fuerza de auxilio, se lanzó sobre él, consiguiendo la prosecución de la retirada, salvar la columna y su impedimenta y la entrada en orden de todas las fuerzas en Dar Drius».

Primo de Rivera lo hizo a golpe de sable, como bien quedó recogido en el diario ABC: «Para conseguir tal éxito tuvo que cargar y combatir con la fuerza a sus órdenes al arma blanca y cuerpo a cuerpo diferentes veces, sufriendo numerosas bajas». Aquella acción fue la que le valió la Laureada, pero todavía le quedaban muchos combates por ver. Ese mismo día, Navarro se propuso llegar hasta Batel, su siguiente objetivo, y una vez más se topó con problemas. En este caso, a la altura del río Igan. A su rescate fue el teniente coronel con lo que quedaba del Regimiento Alcántara.
«El Alcántara tuvo que abrir paso en el cauce seco a la columna. Aunque el Regimiento estaba totalmente agotado por las cargas que había efectuado desde muy temprano por la mañana, tuvo que cargar una vez, más repetidas veces, contra el enemigo atrincherado en las inmediaciones. Fueron ataques casi suicidas, con los rifeños parapetados y emboscados en los accidentes del terreno, algo que prácticamente acabó con el Regimiento», explica a ABC Fernando Martínez Laínez, autor de ‘Mientras la patria exista’ (obra editada por Edaf que recoge los pormenores de este heroico suceso).
Los disparos del enemigo hicieron estragos en lo que algunos llamaron ‘las cargas de la muerte’. Aunque, al final, la columna Navarro pudo seguir retirándose. A cambio, el Alcántara fue aniquilado casi en su totalidad. «Durante los múltiples ataques para salvar a la columna, el Alcántara perdió casi un 90% de sus efectivos, y algo menos en acciones posteriores hasta que solo unos cuantos supervivientes pudieron contarlo al llegar a Melilla», explica el periodista y divulgador histórico a este diario.

Cumplida su misión, siete decenas de jinetes arribaron junto a Primo de Rivera a Monte Arruit, la última línea de defensa antes de Melilla. Allí resistieron, a las órdenes del general Navarro, durante semanas el duro asedio de los hombres de Abd el-Krim. ABC dejó constancia de que el oficial animó a los hombres desde los parapetos y dirigió los combates junto a su superior. Al menos, hasta que recibió el impacto de un disparo de artillería rifeña. «Se dio hace pocos días, con referencia a un radiograma, que el teniente coronel estaba gravemente herido en un brazo. […] Ocurrió el jueves último. Sin duda la falta de medios quirúrgicos ha impedido que se salvara», explicó este periódico.
Le mató la gangrena, como bien desveló en 1957 el periodista Manuel Pombo en el aniversario de su muerte: «El brazo del teniente coronel quedó en tierra africana, y la gangrena avanzó por el agujero oscuro, lacerado, como una boca morada de sed. El 6 de agosto moría en el pico de Monte Arruit. Ni durante la operación, ni en los cinco días de agonía, escapó una queja de su boca. Estaba, cuentan, muy delgado, casi transparente porque había sufrido mucho. Para cuando se le cerraron los ojos aún parecían brillar». Su cadáver fue recuperado después de que el Ejército español reconquistara la posición y pacificara la zona. Un año después fue condecorado.
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